<<Te pondré alguna excusa y te irás. Es lo que pasa siempre. No puedes obligar a nadie a quererte, pero tampoco puedes obligar a alguien a no hacerlo. No hay un equilibrio, Paco. Nunca lo hay. El equilibrio mata al individuo. No busques el equilibrio. Y tampoco me busques a mi. Hay mil personas mejores que yo, pero también hay mil personas mejores que tú. Que no se te olvide.>>

Paco Ojerás sintió que se le partía el corazón. No, Paco. Eso que ha sonado ha sido tu orgullo. Tu orgullo y el nudo al que llaman autoestima. Llora, Paco. Llora y echa a volar antes de ahogarte en tu propia compasión.

María Judías le miró por última vez y se fue.

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Paco Ojeras

Paco Ojeras se siente tan absurdo como el mundo.  Se ve a si mismo como un monstruo idiota y retorcido.  Paco Ojeras es un mal día, un error. El único culpable de ese último adiós.  Hoy se ha levantado con la cara al revés,  ¿o tal vez fue ayer? Paco Ojeras no duerme.  Quiere cerrar los ojos y soñar,  que se le quite la ansiedad. Es un idiota que cuando lo tiene no lo quiere y que quiere cuando le conviene. Paco Ojeras es más de montaña que de mar pero le encanta meter los pies en el agua y el sabor de la sal. Le gusta subir pero el mundo le suele bajar. Le encanta correr pero le hacen reptar.

Ay Paco. ¿A dónde vas con las cejas despeinadas y la cabeza echa un nudo? ¿Por qué hablas si tienes la garganta echa un lío?

Paco Ojeras es ponerle nombres absurdos a los sentimientos.

Contigo siempre me faltó el aire.

Es una mierda vivir con todo lo que me has enseñado. Solo busco unos cascos y mil calles que recorrer. Ya lo dijo un loco: encerrarse en uno mismo no es tal malo. Como Edipo me arranqué los ojos para llorar con el alma. No dolió más que tu sonrisa rozando mi memoria. Es curioso como se forman brechas en los caminos, como se desgarran los poemas.

Ojalá nuestros dedos buscando la paz en nuestros cuerpos.

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Fumaba de liar y nunca pedía fuego. Nos sentamos en unas rocas dándole la espalda al mar y nos pusimos a charlar. Aquel día yo le notaba diferente: menos ágil, menos seguro, más transparente.

-Cuéntame otra vez lo de Cádiz.

Me gustaba aquella anécdota: perdido con sus amigos sin saber como volver con kilómetros de por medio entre él y la absurda comodidad de una cama.

-Ya lo sabes todo.

-Pues cuéntame algo de ti.

-Escribo. El resto ya te lo conoces.

-Desnuda tu alma.

-Escribo, nada más. Cuando hablo contigo escribo. Cuando camino por la calle escribo. Cuando duermo escribo. Cuando escribo estoy soñando y cuando sueño estoy escribiendo. No me malinterpretes: no es una escapatoria, eso es una ilusión. Cuando escribes no huyes, solo vuelves. Te regodeas en tus pensamientos. ¿Alguna vez has escrito tus deseos más oscuros en un simple y liso trozo de papel? Asusta, ¡claro que asusta! Te lees a ti mismo. Te escribes a ti mismo. Escribiendo no se huye: eso es una ilusión. Te puedes sentir bien, ¡claro que te puedes sentir bien!, pero no huyes porque te escribes a ti mismo. Yo escribo lo que quiero leer, y por supuesto leo lo que me gustaría tener valor para escribir. Muchos no lo hacen. No me malinterpretes: no quiero beber del vaso de la soberbia. Muchos escriben acerca de la libertad y los muy idiotas se encarcelan con sus propias palabras. Escribir no es como hablar. Cuando escribes algo queda grabado y no porque no puedas destrozar el papel, ¡claro que puedes!, sino porque cuando escribes algo lo haces de corazón. Parece estúpido -a lo mejor lo es-, pero cuando la pluma une las letras una a una en el papel y están escritas con el corazón, ni el cuerpo ni la mente te piden parar. Escribiendo no se huye: eso solo lo piensan los soñadores que no se han chocado con la realidad.

-¿Por qué estás tan triste?

-Porque soy un perro.

-¿Escribir es el camino que toman los perros que se han perdido?

-Escribir es el camino que toman los perros tristes.

Malditos perros tristes

Fumaba de liar y nunca pedía fuego. A veces consumía hierba, ya saben, para nublar la mente y despejar el corazón. Él solía llamarla “Santa Madre” porque se sentía a salvo al sentir el humo navegar entre sus dientes. Me decía que bebía para refrescarse pero creo que en realidad lo hacía para calentarse el alma, ya saben: la soledad es fría y uno puede congelarse. Huía como hacen todos, buscando sensaciones extrañas, fumando hierba, bebiendo algún licor barato, pero sobretodo huía escribiendo. Un día le pregunté si no le daba miedo el futuro, ya saben, morir. Después de todo él no se cuidaba y yo a veces temía por su salud. Sentados en una terraza con el sol calentándonos la espalda se sinceró y me dijo: “El día que empiece a amar la vida tal vez intente alargarla”.

Él era de esas personas que se sentían a gusto en el filo de una cornisa. Era de esa parte de su generación que se había perdido, que se había despertado, que había abierto los ojos y ya no podía cerrarlos. Él era un maldito perro. Era un maldito perro triste.