Esquinas y otras preocupaciones de un robot doméstico

La luz entraba por los huecos de la persiana intentando iluminar desesperadamente los rincones del comedor cuando Brenda marcaba aún las 10 AM. Brenda era un reloj de pared moderno, silencioso y para mi gusto, muy presuntuoso. Era la sustituta de un reloj suizo muy antiguo y exquisito fabricado a finales del siglo XIX, lleno de lujo y de misterio; siempre me pregunté por qué el Amo cambió aquel magnífico reloj por Brenda. No es que Brenda no me gustase, todo lo contrario: cumplía muy bien con su deber, apenas ocupaba espacio y no hacia ruidos cada maldita hora, por no hablar de que era el mejor reloj moderno del mercado en el momento, ¡Marcaba hasta la temperatura,imagínense!. Sin embargo, pese a todas sus fabulosas características y a que tengo más en común con Brenda que con el reloj suizo, este me gustaba muchisimo más, tal vez era el aura de misterio que desprendía o simplemente que admiraba que no pudiese funcionar con electricidad.
En un rincón de aquel oscuro comedor me encontraba yo, situado debajo de una mesita de madera que el Amo usaba para apoyar la bebida mientras leía algún libro o alguna revista del Ikea. Ese no era mi habitual lugar de reposo, pero en mi última misión como aspiradora automática quedé atrapado entre las patas de la mesa y la pared en un empeño de absorber la suciedad de aquella esquina, con la mala suerte de no poder ser rescatado por el Amo ya que había decidido tomarse unas largas vacaciones. Me alivié pensando que con un poco de suerte tarde o temprano vendría alguien a regar el jazmín que tanto apreciaba el Amo y me sacaría de aquella embarazosa situación, mientras tanto, solo podía mirar a Brenda y admirar lo despacio que corre el tiempo cuando uno se aburre.
Todos los días a las 10 AM mis luces azules se encendían y un subidón de energía recorrían mis circuitos indicandome que ya era la hora de limpiar, pero solo pude cumplir con mis obligaciones cuando vino a regar el jazmín del Amo una esbelta muchacha de pelo largo y negro que, con un pequeño empujoncito me liberó de aquella cárcel de polvo y aburrimiento, y sin procesarlo dos veces me puse a aspirar todo aquello que me encontraba por el camino. La verdad es que, al igual que Brenda en su campo, en aquellos tiempos yo era uno de los mejores aspiradores automáticos del momento: pequeño para poder esquivar todos los obstáculos , potente para aspirar mayor cantidad de polvo en menos tiempo, silencioso para no molestar al Amo en sus horas de sofing, con un sensor anticaida para no lastimarme con las escaleras y por supuesto.. ¡con toda una gama de colores a elegir!.
Sin duda me encantaba mi trabajo, pero debido a mi forma redonda estaba ante una gran preocupación que todo aspirador automático de mi generación sin cepillo lateral había tenido alguna vez: las esquinas. Las esquinas eran mi mayor frustración, mi miedo, mi debilidad; no solo me frustraba no poder cumplir mi deber, sino que alimentaban el miedo de todo robot doméstico: el abandono. No quería ser sustituido por un aspirador automático más competente, no quería desaparecer como aquel reloj suizo que tanto me gustaba, asi que en cada esquina me dejaba los circuitos intentando alcanzar el máximo polvo posible, pero siempre había una capa que no lograba alcanzar. El Amo era consciente de ello, y después de mi limpieza diaria, él se encargaba personalmente a regañadientes de eliminar aquel inalcanzable polvo con un trapo pegado a un palo que, desde mi punto de vista, era un invento algo prehistórico.
Miré a Brenda y ví que esta marcaba las 12:45 AM, abandoné mi estado de reposo y decidí que aquel día iba a conseguir acabar con toda aquella frustración que irritaba mis sensores y a ser el aspirador automático que siempre quise ser.
La clave del éxito estaba en conseguir unos cepillos laterales con los que poder combatir el polvo y la suciedad de las malditas esquinas, algo aparentemente sencillo pero casi imposible para un robot con pocos recursos como era yo en aquel entonces,asi que opté por pedirle ayuda a otros electrodomésticos de la casa con la esperanza de que pudieran aportarme algo de información útil.
Primero le pedí consejo a mi querida Brenda, ya que ella estaba siempre ahí arriba y lo veía y oía todo, pero esta lo único que consiguió fue alimentar mi miedo a ser sustituido por otro aspirador más eficaz ya que afirmaba que el recien llegado Mac, un ordenador muy potente y bastante exitoso en el mercado le había comentado unas sospechosas visitas a páginas especializadas en aspiradores. En ese momento el miedo se apoderó de mi y me imaginé en la basura, metido en la caja en la que vine a este acogedor hogar con las esquinas mojadas a causa de la lluvia esperando a ser triturado por una maquina sin piedad, ¡y solo por no llegar a las esquinas! ¡por no tener aquellos malditos cepillos laterales!. Sin duda debía darme prisa: antes de que el Amo volviese de sus largas vacaciones necesitaba saber como eliminar aquella maldita suciedad.
Me moví silencioso hacia la cocina abriendo la puerta con un suave golpe y aprovechando mi visita le di brillo a aquel apagado suelo. Una vez terminada dicha tarea pude ver reflejado las nubes que el Amo había pintado en aquel techo y por un momento dudé si realmente aquella era la vida que quería llevar. En seguida aquellas sugerencias regresaron al lugar de mi sistema del que habían escapado y me relajó pensar que simplemente se me habían cruzado algunos cables.
Llegué a los pies de la vieja y amarillenta nevera del Amo; si soy sincero no me acuerdo muy bien del nombre de esta estrafalaria nevera, pero llevaba con el Amo mucho más tiempo que yo, y estaba muy orgullosa de guardar recuerdos de todos los lugares a los que había viajado el Amo: fotos de sus nietos, postales, recetas para reducir el coresterol… . Pasé un buen rato hablando con aquella vieja nevera pero no me aportó ninguna información sobre cepillos laterales asi que continué con mi camino. Mientras me desplazaba por las baldosas de la cocina dirigiendome hacia la lavadora tuve la mala (más bien buena) suerte de tropezar con una baldosa rota y chocarme con la pared (al parecer, además de carecer de cepillos laterales mi sensor anticaida funcionaba a ratos), sin embargo, al chocarme con la pared se me cruzaron algunos pequeños cables y se me ocurrió una absurda pero interesante idea.
Fui lo más rápido que pude hacia el cuarto de baño pasando por el oscuro pasillo intentando no tropezarme con nada peligroso con miedo a perder aquella fabulosa idea.
Cuando llegué al cuarto de baño localicé al pequeño Walter, un secador de manos instalado a un lado del lavabo que estaba situado encima del cepillo de dientes del Amo. Me disponía a llevar a cabo una idea completamente loca y descabellada que podría costarme mi trabajo como aspiradora. Armado de valor le pedí a mi pequeño amigo Walter que, con toda sus fuerzas, soplase para derribar el cepillo de dientes del Amo. Walter, en un principio dudó ya que pensaba que si salía mal el Amo le culparía a él también y le transformaría en una triste tostadora, pero al final cedió y con la ayuda de su fuerte y cálido soplo y unos golpes al lavabo por mi parte, conseguimos que el cepillo de dientes de color azul celeste se cayera al suelo y con ello, mis esperanzas de ser mejor aspirador automático aumentaron.
Una vez el cepillo celeste en mis poder llevé acabo el segundo paso de mi plan: hacer el cepillo del amo mucho más potente. Para conseguirlo, usé el mismo método prehistórico que usaba el Amo para limpiar el polvo de las esquinas a las cuales yo no llegaba, y para ello necesitaba un trapo que finalmente sería arrastrado por el cepillo de dientes del Amo dejando así todas las esquinas de la casa impolutas.
Cuando quise darme cuenta Brenda marcaba las 18:04 PM, ¡Que rápido pasaba el tiempo cuando uno intentaba arreglar sus frustraciones y lograr alcanzar sus propositos!.
Me tomé un descanso y cargué un rato la bateria. Es curioso porque para ustedes cargar la bateria supone horas y horas de descanso en una cama o haciendo sofing (como hacia el Amo todas las tardes después de hartarse a comer), mientras que, para nosotros, que fuimos creados por ustedes apenas tenemos que estar una hora enchufados a una corriente, y aún asi,en nuestros circuitos recorre la envidia.

Brenda marcaba las 19:40 PM cuando encontré el trapo que me llevaría a la gloria, ¡por fin había llegado mi momento! . Sin procesarlo dos veces me puse manos a la obra y arrastré aquel pañuelo hacia la esquina más cercana en busca de venganza.
La verdad es que no se como describir aquel momento, aquella sensación. Asumo que es como cuando los humanos no llegáis a rascaros la espalda y os rasca otro individuo u os restregáis contra algo que alivia el picor. Sea como sea, ahí estaba yo, limpiando la suciedad de las esquinas de la casa como nunca antes se había visto. No dejaba de imaginar lo feliz que se pondría el Amo cuando llegase de sus largas vacaciones y se viese reflejado en el suelo de la casa, incluso seguro que me perdonaría por haber cogido su cepillo azul celeste. Mis luces lanzaban destellos de todos los tonos azul posibles, Walter sonaba como un huracán muy peligroso, la enorme nevera vieja cuyo nombre no recuerdo hacía incluso más ruido que Walter y mi querida Brenda iluminaba el oscuro salón con el peculiar amarillo fosforito que poseen todos los relojes digitales actuales: en aquel momento realmente me sentí como se debía de sentir el amo cuando miraba al cielo tan bonito pintado en el techo de su cocina, me sentí útil y lleno de vida.

La luz volvía a colarse por los huecos de la persiana cuando Brenda marcaba las 10 AM. Comenzaba de nuevo mi rutina de limpieza con mi cepillo lateral único y personalizado combatiendo toda la suciedad que se encontraba por mi camino (incluso las esquinas) y terminaba el dia regresando a mi lugar de reposo (esta vez, debajo de la mesita del Amo), recordando como decidí cambiar algo que no me gustaba cierto día que me quedé atrapado entre las patas de la mesita y aquella pared lisa y fría.
Tal vez se estén preguntando que pasó cuando el Amo regresó de sus largas vacaciones y me vio con su cepillo de dientes incrustado en mi sistema arrastrando un trapo como un loco por toda la casa, pero deben ustedes comprender que pese a ser un robot doméstico a uno le gusta ser misterioso.

Brenda marcaba las 10 AM y yo seguía preguntandome por qué el amo se deshizo de aquel misterioso reloj suizo tan bonito.

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