Malditos perros tristes

Fumaba de liar y nunca pedía fuego. A veces consumía hierba, ya saben, para nublar la mente y despejar el corazón. Él solía llamarla “Santa Madre” porque se sentía a salvo al sentir el humo navegar entre sus dientes. Me decía que bebía para refrescarse pero creo que en realidad lo hacía para calentarse el alma, ya saben: la soledad es fría y uno puede congelarse. Huía como hacen todos, buscando sensaciones extrañas, fumando hierba, bebiendo algún licor barato, pero sobretodo huía escribiendo. Un día le pregunté si no le daba miedo el futuro, ya saben, morir. Después de todo él no se cuidaba y yo a veces temía por su salud. Sentados en una terraza con el sol calentándonos la espalda se sinceró y me dijo: “El día que empiece a amar la vida tal vez intente alargarla”.

Él era de esas personas que se sentían a gusto en el filo de una cornisa. Era de esa parte de su generación que se había perdido, que se había despertado, que había abierto los ojos y ya no podía cerrarlos. Él era un maldito perro. Era un maldito perro triste.

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